Recientemente, me contactaron para hacerme una entrevista sobre el trabajo como correctora de estilo, que se publicaría a modo de artículo en El Periódico, en la Revista Abril. Acostumbrada a leer y corregir, se me hizo refrescante eso de ser yo la que escribiese por una vez.

Comparto por aquí la entrevista completa que se me hizo (dado que el recorte final en el artículo es muy cortito, y se ha desechado casi todo el material), pues lo considero una muestra valiosa de la que es mi filosofía de trabajo como correctora:

Para empezar por lo más básico: ¿qué hace exactamente una correctora de estilo?

Una correctora de estilo trabaja para que un manuscrito se adhiera al uso de la norma pero sin que este pierda ni su voz ni su creatividad; por ello, cubre las áreas que no abarca la corrección ortotipográfica. Por poner varios ejemplos, en este servicio se trabajan la sintaxis, las impropiedades léxicas, la terminología innecesaria, la estructura interna, la presentación de la información, el registro y el tono —a grandes rasgos—, y también se indaga más a fondo en asuntos gramaticales. En resumen: escudriña todo aquello que compone la identidad del texto.

El trabajo de corrección de estilo es aquel que entiende lo que la obra necesita y, asimismo, lo que el autor quería transmitir. Una correctora profesional no impone, solo recomienda. Nunca se trata de adaptar el texto a la forma en la que a ti más te gustaría leerlo ni tampoco de volverlo rígido en su perfección técnica; existe un balance entre saber qué dice la norma y la mejor forma de aplicarla para cada caso concreto, según la intención, el tono y el mensaje.

¿En qué se diferencia de una correctora ortotipográfica?

Si bien la corrección de estilo cubre las áreas que no abarca la ortotipográfica, la ortotipográfica hace lo mismo pero a la inversa. Este servicio de corrección es el más básico y fundamental por el cual debe pasar todo texto con miras de publicarse o autopublicarse, pues adecua un manuscrito a la norma desde el punto de vista técnico, siempre conforme a las indicaciones de organismos oficiales de la lengua, como lo son la RAE o la Fundéu. Aquí se trabaja, principalmente, ortografía, puntuación y gramática; aunque intervienen otros procesos concretos más específicos.

Lo habitual es que una correctora ortotipográfica lo sea también de estilo; pues ambas correcciones están estrechamente vinculadas y suelen trabajarse de manera conjunta para mayor comodidad. Así que, aunque las correcciones sí difieren en los enfoques, el trabajo de una correctora es el mismo en ambos servicios; solo cambia el qué se corrige, no el cómo.

Cuánto puede cambiar un texto después de pasar por sus manos?

No existe un estándar de intervención a la hora de realizar una corrección, pues cada texto es un mundo. La realidad es que el texto cambia tanto como trabajo haya por hacer con él, y esto depende enteramente del tiempo de dedicación que el autor le haya puesto al manuscrito antes de entregármelo a mí. Mi trabajo es dejar todos los textos en el mismo punto final —correctos, cuidados, únicos—, lo que cambia, en realidad, es el punto del que yo parto.

Es cierto que también depende del tipo de corrección. Si se trabaja solo la ortotipográfica, el texto tendrá muchas más correcciones sencillas de ortografía y puntuación; si se trabaja el estilo, el manuscrito contará con correcciones complejas, subrayados adicionales, comentarios al margen…  muchas más marcas de revisión.

¿Cuáles son los criterios que se utilizan para que un texto esté correcto en términos de estilo?

Como he mencionado, se siguen siempre las indicaciones de organismos oficiales de la lengua española asociadas a este servicio. En mi caso, trabajo conforme a las indicaciones de la RAE y la Fundéu, ya que considero que su criterio es sólido y, sobre todo, que son fuentes de consulta eficaces y fiables; en especial la Fundéu, que permite un diálogo muy agradable.

Más allá de eso, siempre digo que el resto de criterios propiamente dichos nacen de cada profesional: de su formación académica, su experiencia, su ojo crítico y capacidad de observación, su instinto y su creatividad, entre otros factores. El compendio personal es lo que construye a cada uno, y este se refleja en la manera que tiene una correctora de tratar el manuscrito. Se busca la corrección, sí, pero también cuidar la esencia de cada autor por encima de un perfeccionismo extremo, por lo que, en ocasiones, se permiten algunas licencias creativas, si están justificadas.

¿Dónde está el límite entre corregir un texto y reescribirlo?

En cuán profesional seas como correctora.

Una buena correctora nunca va a reescribir el texto como tal. Siempre se sugiere y recomienda. Cada vez que se interviene sobre el texto de forma directa, cuando este requiere de un nivel de corrección profundo, se plantea esa corrección como una muestra de lo «correcto», valga la redundancia, y a modo de sugerencia para el autor. Si yo hago muchas correcciones seguidas en un mismo párrafo, por ejemplo —si es que esto puede entenderse como «reescritura»—, siempre dejo un comentario para que el autor sepa que esa es mi sugerencia como profesional pero que se puede adaptar a su gusto y él puede rehacer ese párrafo a su manera; obviamente mitigando los fallos objetivos.

Al final, como siempre les digo a mis clientes durante las primeras tomas de contacto —muchos llegan preocupados porque «no quieren que les cambie la voz o reescriba el texto»—, mi trabajo es precisamente potenciar la identidad del autor en su texto, no quitársela. Por eso, reescribir no se reescribe nunca: se acompaña, se indica y se guía.

Cuando se detectan errores de estilo ¿cómo es el proceso de corrección? ¿Habla con el autor, el editor, le pide que lo reescriba, lo reescribe usted…?

El proceso de corrección consta de varias fases.

La primera es la contratación, con la toma de contacto inicial, donde se establecen las bases del trabajo de corrección. Aquí cada maestrillo tiene su librillo, por lo que yo dejo claro cómo trabajo yo. En mi caso, también hago las funciones de editora, así que cumplo dos papeles en uno.

La segunda abarca el proceso de corrección propiamente dicho. El autor me entrega el manuscrito y yo lo trabajo. Lo leo, efectúo mis correcciones, mis anotaciones… lo que considere necesario para quedarme tranquila de que el autor va a entender mi trabajo. A veces, como he mencionado antes, puedo reescribir alguna oración suelta o retocar varios aspectos de un mismo párrafo; otras, si considero que la intervención es demasiado intrusiva, le puedo pedir al autor que revise y reestructure ese fragmento con lupa. En este caso, le daré, eso sí, unas indicaciones como guía. Sea como sea, siempre se trabaja con la herramienta Control de Cambios en Microsoft Word, que facilita que este proceso no resulte invasivo.

La tercera se refiere a la entrega del manuscrito y el posterior trabajo por parte del autor. Una vez yo entrego la corrección, le toca al autor hacer su parte del trabajo. Este servicio se fundamenta en una relación colaborativa, así que ahora el autor revisa mis correcciones y aplica las que considera pertinentes para su texto. Este puede hacer preguntas si tiene dudas, plantearme ideas para posibles cambios, pedirme ayuda; y yo puedo revisar de nuevo el texto para realizar comprobaciones. Todo esto hasta que el autor quede satisfecho con su manuscrito y se dé por finalizado el servicio. Esta es mi propia filosofía; aquí ya no generalizo con estándares.

¿Qué papel está empezando a tener la Inteligencia Artificial en la corrección de textos y cómo puede suponer una amenaza para su trabajo?

Contra todo pronóstico, y hablo a cuenta personal, diría que poco o nada.

La única marca que observo de la IA en mi trabajo es la huella que deja en los textos —ahora que muchos autores la utilizan para escribir—. Pero, más allá de eso, no noto que me haya afectado de ninguna otra manera. De hecho, desde su aparición, personalmente he registrado un aumento en las contrataciones; imagino que precisamente por el hecho de que como ahora los autores se apoyan en ella quizás tienen más necesidad de agregar ese factor humano en algún punto del proceso, y eso equivale a contratar esta corrección que «elimine» el rastro de la máquina sobre el texto.

Asumo que el trabajo como correctora dentro de una editorial, bajo este régimen laboral empañado por la IA, sí puede haber variado por asuntos de economización de costes y mejoras en el rendimiento y la productividad; pero, por suerte, como yo trabajo por cuenta propia, no me afecta.

Añadir que yo tampoco utilizo la IA para nada en mi trabajo, por lo que, aunque existió un temor inicial, de momento estoy tranquila. A día de hoy, la IA puede funcionar para resolver dudas y revisar un texto por encima con cierta rapidez si eres un autor primerizo, pero carece de calidez humana y de un pensamiento comprensivo, que es, al final, lo que busca un autor en la figura de un corrector.

¿Considera que su trabajo es «invisible»”»? Ya que en algunos casos los nombres de correctores no aparecen mencionados o lo hacen en muy segundo plano.

En general, el trabajo editorial es bastante invisible, sí.

Considero que los correctores, en especial, sufrimos de un grado mayor de invisibilidad —si se nos compara, por ejemplo, con los editores o traductores de una misma obra—, pero quiero creer que, cada vez más, algunas editoriales están tomando conciencia y empiezan a acreditar nuestro trabajo. Muchas veces, da la impresión de que el trabajo del corrector corre a cargo o bien del editor o bien del traductor —en algunas empresas así es—, por lo que no existe mención alguna para la tercera figura en discordia como tal, pues dicha corrección es demasiado precaria como para ponerle nombre propio.

Es cierto que un buen trabajo de corrección debe ser «invisible» sobre el texto, pero eso no quita que se le robe a la persona encargada de hacer esa magia su aparición como colaboradora del proceso, por lo que, aprovechando este espacio que se me ha concedido con esta entrevista, me gustaría hacer un llamamiento a editoriales y autores para que no se olviden de destacar la figura de una correctora en los libros. Al final, somos la pieza que une al autor con el editor/editorial y con el público; nos merecemos que se sepa que estamos ahí.